Excursión a Peñalara

Digamos que tiene cierto delito veranear en Los Molinos desde tiempos inmemoriales en los que no usaba la razón y que haya tenido que esperar a sumar 34 años en mi calendario para visitar la cima de esa madrileña montaña.

A eso de las 10 de la mañana, un domingo otoñal que tenía color de primavera pero temperatura de invierno, yo y 16 personas más (cómo soy un poco burro siempre me pongo delante), decidimos enchufarnos improvisados abrigos y ascender a Peñalara.

Los citados éramos más, pero entre los asistentes, estaban una buena representación de la extensa, popular, y molinera familia Castro (Ire, Mila, Juancho, Jorge, Pablo, Ana, Quique, Ana2, Maite, Madaleni, Carlos, etc, etc, etc.).

Durante el ascenso los 17 incautos ibamos juntando y alargando el pelotón y aliñando el paseo con más humanas que divinas conversaciones que alegraban a la vez que entretenían en un ya amigable paseo, que tras coronar la cima nos dividió, tomando distintos caminos para abordar la vuelta. En el grupo que me quedé yo, que fue el que optó por volver por un sitio distinto al que subimos (atravesando el creo que llamado camino de los claveles, sólo apto para valientes) hizo parada junto a un precioso lago, donde comimos unos riquisimos bocatas a la luz del sol, bajo una estampa digna de las más bellas postales. Tripa llena, emprendimos el descenso, más bonito si cabe que su antonimo.

Aquel domingo estuvo lejos, muy lejos de parecerse al clásico domingo donde la cabeza entristece pensando en el día siguiente. No sé si es el incuestionable embrujo de la Naturaleza, o el buen ambiente y buen royo de los que esistieron a la cita, pero el presente le ganó aquella mañana la partida al futuro inmediato. Digamos que la desconexión allí arriba es total, digamos que es una preciosa manera de alargar esos siempre cortos fines de semana.

Si algún atrevido quiere animarse a coronar la cima, debo advertir que muchos de los tramos están muy lejos de ser un sendero de flores, donde las rocas ganan la partida y el verbo pasear pierde la batalla con el de escalar. Pero peligros aparte, no sólo recomiendo con alevosía realizar dicha excursión sino que propongo que no dejemos pasar muchas mañanas antes de realizar la siguiente.

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